jueves 28 de febrero de 2008

LA TÍA GLADIS


La tía Gladis ya merodea los 50, cálculo que tiene un margen de error de 10 años hacia adelante y hacia atrás. Gladis merodea a los 50 amigos de sus 50 sobrinos, amigos entre los 15 y los 25, carentes de ganas de tía ajena. Ella nunca estuvo buena cuando le correspondía; y, sólo hasta la víspera de la menopausia, se preocupó por agradarle al género masculino, justo cuando ya no le interesa a sus coetáneos, demasiado jartos para ella, la vanguardista, la chifloretas, la irrrreverente, la que sí entiende a esta generación, la que quiere estrenar el sexo de todo vecinito imberbe que se le atraviese en la sala-comedor; la solterona, la sardinera, la cuchi-barbie.
El término sardinera, para que lo entiendan los nacidos después de Argentina-78, es una derivación de sardino/a, expresión[1] que nuestros ancestros utilizaban para referirse a la adolescencia degenerada generada por ellos. Tal vez la metáfora se deba a la frescura que exhalan estos pescadillos, recién abierta la lata que los contiene; a la gracia con la que debieron haber movido el esqueleto antes de ser atrapados para el engullimiento. Sardinero/a es, por lo tanto, el/la que come sardinas/os.
El término cuchi-barbie, para que lo capten los nacidos antes de Woodstock-69, proviene del híbrido de las palabras cucha (coloquial manera de llamar a las hembras de la tercera edad) y Barbie (que no es el segundo apellido de Klauss, el doctor nazi del Holocausto; sino el nick-name de Bárbara, la muñeca (de plástico) más popular de la post-guerra). O sea: cuchi-barbie es una vieja con ínfulas de muñeca juvenil, que, en el caso masculino, equivaldría a cuchi-ken.
Gladis, la tía, es todo eso y lo siguiente...
Se baña diariamente y se arregla metódicamente, diseñando las armas fatales con que atrapará a su presa impúber de fin de semana... pero no parece: la flacidez de sus axilas y la sequedad de su piel de zapa contradicen sus intenciones. En la película de su sexualidad, se imagina despampanante; pero es, tan sólo, decepcionante. Si, tan sólo, admitiera su edad y su caducidad como vampiresa criolla, tal vez, lograría algo (La honestidad abre puertas insospechadas). No es que esté del todo mal: aún aguanta (En tiempos de guerra, cualquier hueco es trinchera); es la actitud lo que la hace indeseable (en el sentido sexual de la palabra). Por lo demás, es un carnaval ambulante: echa chistes verdes, enseña a bailar a los inmóviles, ameniza las fiestas de fin de año y los cumpleaños, invita a cine y a paseos, cuenta anécdotas stop-secret de sus demás parientes... pero, en el fondo de su libido, yace el hambre de cuerpos vírgenes, hambre que no solapa... ¡Un, Juanca...Yo no sabía que tenías un amigo tan “churro”!...¡Venga, m’ijo: no sea tímido que yo no como gente!...¡Cómo está de grande usted, hola! ¿Cuándo me saca a “rumbiar”?, etc.
A la pobre Gladis sí que le gusta el traguito, incluso la yerbita. Cuando se toma sus guaros, la sangre se le alborota y la carne se le ablanda: agarra, sin permiso, a todo ciudadano reciente para que baile, a regañadientes, La Feria de Manizales, Sobre las Olas, El Jardinero, La Escoba, El Mosaico Imperial... y, cuando está atrevida, El Aserejé o El Gorila... Lo hace sin descaro, embutida en un slack de cuero de tía de becerro, que le llega hasta el diafragma; y el tórax semi-cubierto por una blusa transparente de malla negra, telaraña en la que atrapa sus deseos de volver a sentir aquello nuevamente. Baila con cara de agonía, blanqueando los ojos, tomando de la punta de los dedos, sudorosa, las manos de nosotros, su evasiva esperanza de conexión con lo real. Luego de 333 ochos merengueros, cae rendida en el sofá, a comer pavo, por enésima vez. No faltará, eso sí, el amigo cuchi-barbista que le dé su merecido... y pase, gratis, a la madurez.
No le demos tanto palo a la tía Gladis (cosa que ella agradecería en estas noches solitarias); dejémosla en paz: ella es un miembro del álbum familiar criollo al que hay que respetar. Sin su dionisíaca influencia, nunca hubiéramos conocido el sentido del deseo. Si tú, amiga lectura, no aprovechas esta época de libertad, puedes llegar a ser la tía Gladis de nuestra prole desencantada.
[1] De los mismos creadores de coca-colo, chupar piña, amacizar y maracachafa