miércoles 4 de marzo de 2009

DE: MENTE, PARA: NOIA

Salir a la calle ya no es tan sencillo como antes, cuando yo tenía, digamos, 5 años, por allá en 1974, año del mundial futbolero del mismo año, el cual me importó un sieso, al igual que los ocho mundial siguientes.

Antes, cuando la noche caía de su propio peso, las madres colombianas nos gritaban, desde sendas ventanas, “¡Se m’entra ya para la casa!”… y uno se entraba a dicho sitio… hogar, dulce ahogar. Ahora, no importa la hora del día, la consigna, es “¡No me sale nunca de estas 12 paredes!”, porque, en el noticiero, escucharon que un señor partió en añicos a 17 niños que salieron a comer helado de pistacho a la esquina… o alguna leyenda urbana similar.

Los noticieros, los periódicos azulistas, los chismes vecinales, el voz-a-voz y el tú-a-tú han fermentado el virus de la paranoia colectiva e individual en los ciudadanos capitalinos. En otras palabras, ya no se puede caminar solo por ahí, mano… básicamente porque el prójimo, en general, es un enemigo potencial… y hay que andar en la juega, papá… ¡Papapapá!

Aun en los más tranquilos barrios de la ciudad -pocos-, la paranoia sigue encendida para seres como uno, que tanto atraco ha presenciado y padecido, que tanta burundanga ha inhalado; que tanta sangre, sudor y lagrimas ha expelido, gracias al compatriota que nos pide la hora, que nos consulta para verificar una dirección, que nos aplica la encuesta callejera… y, al menor descuido… ¡suaz!... nos desposee, nos ultraja, nos indigna, et cétera.

Llega el crepúsculo… y la paranoia (aquella palabra que es algo más que un lugar común en las líricas de las canciones metaleras) se exacerba… y lo que, a los ojos y oídos de los ciudadanos del común denominador, luce cotidiano, ante los sentidos del buen paranoico es el infierno en vida.

Por ejemplo…

Las esculturas que pueblan techos y balcones de más de una casa en el barrio La Candelaria, a las 3 de la mañana, cuando un paranoico espera taxi en una esquina desolada, no lucen nada artísticas ni esculturales. Parecen siluetas de demonios momificados, a punto de saltar desde las alturas a la yugular.

Los sistemas inteligentes que iluminan la fachada de ciertos edificios modernos, apenas un cuerpo pasa frente a sus sensores, les ahorran energía a dichos edificios; pero no le ahorran infartos al transeúnte paranoico. Cada vez que una joda de esas se enciende, el pobre portador del chip de la paranoia piensa que ha sido atrapado in fraganti por el FBI, en DAS o el MFP.

Las novias que se despiden de sus respectivos novios con un inocente “¡Cuídate!” no son conscientes del video que le pueden activar a su pareja, si ésta porta una mente paranoica…. “¿De qué me tengo que cuidar?, ¿Qué sabe ella que no sepa yo?, ¿Quién?, ¿Cómo?, ¿Cuándo?, ¿Por dónde?”
Señores y señoras integrantes de la sociedad, considérennos; téngannos en cuenta; no nos agredan con sus decisiones arbitrarias; párennos bolas… pero no demasiadas… ¡no vaya y sea don Diablo! Ustedes les deben demasiado a estas consciencias atormentadas por sus propias neuronas envenenadas: el ojo mágico para mirar a través de las puertas apartamentales, las cámaras de circuito cerrado, los sistemas de seguridad bancaria, los espejos retrovisores… y mil cositas más, han sido inventadas por nosotros, los paranoicos, los detectores naturales del peligro de vivir en el planeta Tierra.