jueves 19 de marzo de 2009

APOCALIXIS NAU

Resulta que el Papa, en su esperanzador mensaje del día de los inocentes, dijo, en italiano alemanizado, que todos nos iremos de glúteos pa’l estanco si no enderezamos el camino y nos portamos bien, como dijo Moisés que dijo Yaveh hace un par de eones, en el monte Everest. Que si seguimos jalándole al satánico egoísmo, la ruina mundial llegará... y será el fin, por fin.

No me voy a meter con la religión… o sí, pero sólo un poquito. Ese tema no se toca en las revistas juveniles. Es medio peligroso, y la gente se pone como susceptible. No quiero tener un millón de enemigos que me impidan cantar. Yo lo que quiero es hablar de mi tema predilecto: el fin, my only friend.

Cuando yo era chiquito, hace más de tres décadas, caí en cuenta de que esta vaina llamada “vida-en-el-planeta-Tierra” no tenía sentido; que todos se odiaban entre sí, que mi mamá no me iba a dar la bicicleta cross de cumpleaños; y que Julieta, la niña bonita de la cuadra, nunca, nunca, iba a ser mi novia. Así que me dediqué a la dulce desesperanza, y aprendí a sacar lucro de ella.

Cuando yo era grande, hace dos semanas, constaté que la cosa no iba a cambiar; que el hambre africana, la pobreza tercermundista y la ignorancia en los altos estratos seguirían vivitas y coleando por los siglos de los siglos, aún después de la extinción de la especie humana, una de las tantas pobladoras de esta roca cósmica.

Pero luego, en una revista de la peluquería Pelo’s Palace, me enteré de que un asteroide de tamaño departamental se acercaba a la atmósfera a velocidad de buseta intergaláctica… y caería a orillas de cualquier playa latinoamericana para hacernos añicos, a punta de tsunamis y reggaeton, en 2012 por la tardecita.

Para rematar, una vecina de mi mamá me contó que los Mayas le dijeron que, en ese mismo año, los terrícolas habremos de decidir si seguimos en las mismas (mintiendo, robando, matando y deseando al hombre de la prójima)… o nos acabamos a puñaladas mentales por X y Y motivo.

El fin está cerca… y lejos el principio, hermanos y hermanas. Las pirámides más sólidas, incluso las nutricionales, se desploman, haciendo temblar a los bancos más endebles. Las reinas de belleza se convierten en personas influyentes de la opinión pública. La estimulación temprana está yendo tan atrás, que ya se está estimulando al bebé desde antes del momento de su concepción. La globalización está siendo tomada tan en serio, que, dentro de poco, el mundo volverá a ser plano, como un globo pinchado.

Así que el mensaje papal de Benedicto XVI, en estos tiempos de efervescencia y calentamiento global, viene a ser una verdad de Perogrullo XV. El mundo está que se acaba desde que el primer homo sapiens produjo la primera chispa con un par de piedras… y si no hacemos algo antes del siglo XXV de nuestra era, la cosa se va a poner fea. Benedicto, si lees esta columna, please, no nos asustes con más apocalípsises... y dinos ya, de por Dios, cómo evitarlo, que el tiempo corre… y ya viene la lluvia de aerolitos.

miércoles 4 de marzo de 2009

DE: MENTE, PARA: NOIA

Salir a la calle ya no es tan sencillo como antes, cuando yo tenía, digamos, 5 años, por allá en 1974, año del mundial futbolero del mismo año, el cual me importó un sieso, al igual que los ocho mundial siguientes.

Antes, cuando la noche caía de su propio peso, las madres colombianas nos gritaban, desde sendas ventanas, “¡Se m’entra ya para la casa!”… y uno se entraba a dicho sitio… hogar, dulce ahogar. Ahora, no importa la hora del día, la consigna, es “¡No me sale nunca de estas 12 paredes!”, porque, en el noticiero, escucharon que un señor partió en añicos a 17 niños que salieron a comer helado de pistacho a la esquina… o alguna leyenda urbana similar.

Los noticieros, los periódicos azulistas, los chismes vecinales, el voz-a-voz y el tú-a-tú han fermentado el virus de la paranoia colectiva e individual en los ciudadanos capitalinos. En otras palabras, ya no se puede caminar solo por ahí, mano… básicamente porque el prójimo, en general, es un enemigo potencial… y hay que andar en la juega, papá… ¡Papapapá!

Aun en los más tranquilos barrios de la ciudad -pocos-, la paranoia sigue encendida para seres como uno, que tanto atraco ha presenciado y padecido, que tanta burundanga ha inhalado; que tanta sangre, sudor y lagrimas ha expelido, gracias al compatriota que nos pide la hora, que nos consulta para verificar una dirección, que nos aplica la encuesta callejera… y, al menor descuido… ¡suaz!... nos desposee, nos ultraja, nos indigna, et cétera.

Llega el crepúsculo… y la paranoia (aquella palabra que es algo más que un lugar común en las líricas de las canciones metaleras) se exacerba… y lo que, a los ojos y oídos de los ciudadanos del común denominador, luce cotidiano, ante los sentidos del buen paranoico es el infierno en vida.

Por ejemplo…

Las esculturas que pueblan techos y balcones de más de una casa en el barrio La Candelaria, a las 3 de la mañana, cuando un paranoico espera taxi en una esquina desolada, no lucen nada artísticas ni esculturales. Parecen siluetas de demonios momificados, a punto de saltar desde las alturas a la yugular.

Los sistemas inteligentes que iluminan la fachada de ciertos edificios modernos, apenas un cuerpo pasa frente a sus sensores, les ahorran energía a dichos edificios; pero no le ahorran infartos al transeúnte paranoico. Cada vez que una joda de esas se enciende, el pobre portador del chip de la paranoia piensa que ha sido atrapado in fraganti por el FBI, en DAS o el MFP.

Las novias que se despiden de sus respectivos novios con un inocente “¡Cuídate!” no son conscientes del video que le pueden activar a su pareja, si ésta porta una mente paranoica…. “¿De qué me tengo que cuidar?, ¿Qué sabe ella que no sepa yo?, ¿Quién?, ¿Cómo?, ¿Cuándo?, ¿Por dónde?”
Señores y señoras integrantes de la sociedad, considérennos; téngannos en cuenta; no nos agredan con sus decisiones arbitrarias; párennos bolas… pero no demasiadas… ¡no vaya y sea don Diablo! Ustedes les deben demasiado a estas consciencias atormentadas por sus propias neuronas envenenadas: el ojo mágico para mirar a través de las puertas apartamentales, las cámaras de circuito cerrado, los sistemas de seguridad bancaria, los espejos retrovisores… y mil cositas más, han sido inventadas por nosotros, los paranoicos, los detectores naturales del peligro de vivir en el planeta Tierra.